martes, 25 de marzo de 2014
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Martes 25 de marzo: Me tocó ir a educación física, la primera clase. Hacía bastante calor y decidí volver de camino a casa caminando. Al notar que faltaban dos cuadras para llegar a mi casa, noté que tres chicos de temprana edad se acercaban a mí, entre cuchicheos y cosas que supuse que eran cosas de chicos. En unos pocos segundos los tuve frente a mí y los oí reír, pero esta vez no era de algo que venían conversando. O puede que sí, pero se estaban burlando de mí. Quedé parada frente a ellos mientras gritaban adelante de todo ser humano que estuviera en la vereda y/o calle: “Gorda, gorda, gorda, gorda, gorda”. Doblaron la apuesta, según mis pensamientos y yo: “Gordita beti la fea. Gorda asquerosa. Gorda culona”. Y puedo jurar que se me vino el mundo abajo; como otras tantas veces. Y agradecí haber estado en la calle, porque de lo contrario hubiese roto a llorar como una tonta. Seguí caminando y las burlas aumentaban, provocando la risa de algunos vecinos. Y no sé que me hizo dar más asco, repulsión. No sé si fueron ellos o yo. Es cierto que los comentarios de los infantes suelen ser destructivos. La humillación que me hicieron sentir es tremenda, se me llenan los ojos de lágrimas porque noto que nunca voy a poder sentirme bien, ni conmigo misma ni con los demás. Siempre voy a ser la rara, la juzgada en su casa, en la escuela, por quienes me conocen y por desconocidos. Por gente que entiende del tema y por quienes no. Siempre voy a ser rechazada por todo el mundo, inclusive por mi misma. Y siento un odio que me vuelve a hacer sentir horrible. Y horrible es una palabra espantosa, en la que yo me veo reflejada.
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